Una vez le preguntaron al filósofo austriaco Ivan Illich cuál era la forma más revolucionaria de cambiar una sociedad. Respondió:
«Ni la revolución ni la reforma pueden en última instancia cambiar una sociedad, más bien hay que contar una nueva historia poderosa, una tan persuasiva que barra con los viejos mitos y se convierta en la historia preferida, una tan inclusiva que reúna todos los retazos de nuestro pasado y nuestro presente en un todo coherente, una que incluso arroje algo de luz sobre nuestro futuro para que podamos dar el siguiente paso[..]» (Illich, n.d., cita apócrifa)
Esta máxima, atribuida al filósofo austriaco, se ha convertido en una premisa ética difícil de alcanzar. Los problemas de la democracia representativa no son nuevos. Los políticos históricamente han azuzado a las masas llevándolas a la crispación para generar opinión, conservar el poder, y obtener privilegios económicos inherentes a sus cargos públicos. El diálogo sobre la crisis ambiental cae abatido en fuego cruzado . Los sectores más escorados a la derecha radical niegan el cambio climático y las disparidades del modelo económico; por su parte, la izquierda más precapitalista (o poscapitalista, dependiendo del norte teórico), propone soluciones económicas que atentan contra la estabilidad de los países, la seguridad, y el libre desarrollo de los individuos. Para los políticos, sin crispación no hay cambio, y sin cambio no hay electores. Aquellos que tienen posiciones más asertivas y sopesadas, son inevitablemente tildados de indecisos. En definitiva, «la historia poderosa», de la que habla Illich, aquella que da cobijo a todos, parece una utopía inalcanzable.
La democracia en las culturas indígenas americanas
Los relatos de época suelen detallar las prácticas violentas de los dos más grandes imperios en extensión territorial del continente americano: los imperios Azteca e Inca. A pesar de la literatura negra, -que la hay tanto para conquistadores, como para conquistados- dentro de las comunidades mesoamericanas existían modelos de participación democrática. A la llegada de los españoles, los Nahuas gestionaban sus territorios a través de ciudades-estado, por medio de unidades sociales básicas de organización; los espacios físicos llamados «calpulli» solían dividir el trabajo y se dedicaban a diversidad de oficios comerciales y de orden religioso (Estrada, 1983). En la actualidad, la cultura Nahua Tlaxcalteca conserva los rasgos característicos de aquellos vetustos sistemas territoriales (Reyes & Pérez, 2004). Si bien las crónicas españolas han retratado en los anales de la historia al imperio azteca como un grupo de indómitos salvajes, las organizaciones políticas y administrativas, como el caso en mención, eran en su mayoría pacíficas. Por su relación cercana con los españoles, los tlaxcaltecas disfrutaron de privilegios y establecieron comunidades en la Nueva España, Filipinas y Perú (González, 2001).
También en Norteamérica se tiene conocimiento de culturas que hicieron uso de la democracia como método de gobierno. La llamada «Confederación Iroquesa», o el conocido pueblo nadowa, regulaba su sistema de vida por medio de la democracia representativa. Según Masana (2015), en 1987, al cumplirse 200 años de la Constitución americana, un rico debate surgió en la Universidad de Cornell, sobre la influencia de esta cultura en la Carta Magna del pueblo estadounidense. Más de 200 académicos participan en una discusión histórica que hasta hoy día se sostiene. De igual forma, se pueden incluir los denominados «Pueblos de las Llanuras», que agrupaban a las comunidades Sioux, Cheyenne, y los Blackfoot, cuyos consejos tribales permitían la toma de decisiones colectivas, en las que ancianos y líderes eran venerados con respeto y consideración.
En las culturas suramericanas, los pueblos Quechuas y Aimaras disponían de una estructura comunitaria democrática. El «Ayllu» estaba constituido por familias que gestionaban en conjunto recursos y tomaban decisiones importantes en asambleas abiertas. Con límites territoriales claramente delimitados, el núcleo familiar era el corazón de aquellas organizaciones primitivas. Para Choque & Mamani (2021), los pueblos indígenas bolivianos han sido víctimas de una fragmentación histórica, justamente como consecuencia del nuevo sistema democrático republicano. Las pretensiones del modelo de desarrollo colisionan contra una concepción ecológicamente responsable de la vida, es decir, antagonizan la cosmovisión del «buen vivir» andino, el deseo de «una vida digna, en plenitud, en equilibrio y armonía».
Otro ejemplo a destacar desde el sur biogeográfico corresponde a los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia. Los llamados «Mamos», son los líderes espirituales de los pueblos Kogui, Arhuacos, Wiwa y Kankauamos. Por décadas, estas comunidades han denunciado los cambios ecosistémicos que acaecerán por el desequilibrio espiritual en sus «hermanos menores», en las sociedades no indígenas. Como causa de esta crisis espiritual -en otras palabras, de desconexión natural-, ocurre el cambio climático, la crisis alimentaria, y el desbalance de los complejos sistemas naturales. Hoy día, estas comunidades observan cómo los casquetes nevados de su sierra se desintegran debido al calentamiento global.
El concepto de democracia en la sociedad griega
En la sociedad griega, la polis era la denominación tradicional para la ciudad-estado. La democracia en la antigua Atenas era directa, no estaba sujeta a representatividad. Los ciudadanos se aglutinaban en la llamada «Pnyx», la asamblea citadina para tratar los temas de interés público. El Ágora era el espacio físico destinado a la actividad política y administrativa, en ella se congregaban solamente los hombres libres. Tanto las mujeres como los esclavos estaban excluidos de la toma de decisiones. El término democracia proviene de la conjunción de palabras «demos», que significaba pueblo, y «krátos», que hace relación al poder. La democracia griega era todo, menos el poder del pueblo.
Los principales filósofos de tradición helenística desarrollaron el concepto de «πολιτεία» (politeía, por su traducción del griego). Esta idea metafísica de la filosofía platónica y aristotélica, adquiría un caris ético: la sociedad debía tener un alto nivel de participación en la vida de la polis y no podía escindirse de la formación intelectual. Los problemas de Estado se trataban con la participación ciudadana y el pragmatismo político. Más importante aún, la vida política debía demarcar un camino de felicidad. Para Aristóteles, la felicidad del individuo solo era posible a través de la participación activa en la polis, en el acontecer político y en la ética. A pesar de sus inequidades, del elitismo manifiesto y del reprochable trato a la figura femenina, la crispación no era necesaria para el ejercicio del poder en la madre de las democracias occidentales.
La dialéctica como método de adquisición de conocimiento
El método dialéctico es, en esencia, de tradición griega. Teniendo sus orígenes en Heráclito de Éfeso, quien fue el primer autor en tratar los términos de cambio y contradicción, ha encontrado en Sócrates su mayor expositor en la filosofía antigua. Condenado a la cicuta, por presuntamente «pervertir a los jóvenes atenienses» (la verdadera culpabilidad de Sócrates, era su invitación disruptiva a cuestionarlo todo por medio de la razón), la «mayéutica» o llamado «método dialéctico», se destacaba por su indagación a través de tendenciosas preguntas y respuestas. Así, la dialéctica se convirtió en el arte del diálogo y la discusión exegética. El hombre que encumbró aquellas ideas novedosas para la época, ha sido maestro de Platón, y este a su vez de Aristóteles, donde encontraría final asidero la lógica filosófica de siglos posteriores (especialmente en la filosofía tomista, es decir, en la escolástica cristiana).
Aunque Emanuel Kant criticase abiertamente el uso de la dialéctica en la metafísica, con su «Crítica a la razón pura» ha puesto algunos peldaños fundamentales para demostrar las limitaciones y contradicciones del uso instrumental de la razón. En Kant se encuentran por primera ocasión las bases del pensamiento científico (algunos las atribuyen a Guillermo de Ockham). Kant indaga sobre el conocimiento a priori y a posteriori, y lleva la gnoseología a niveles insospechados. Es justamente a través de Kant, que Hegel, el autor de la dialéctica idealista, influye de forma definitiva sobre la filosofía moderna, y da origen a los estudios críticos, propios de Marx, Adorno, Sartre, y no menos importante, Habermas.
El metarrelato como necesidad para entender la crisis
Trayendo a colación la tradición dialéctica descrita en los párrafos anteriores, y tomando como referencia la actual crisis ambiental, que también es la crisis de la posmodernidad; según Lyotard, los metarrelatos son narraciones amplias y totalizadoras que las culturas, que las sociedades utilizan para dar sentido a la historia, la legitimidad del conocimiento y la experiencia humana en general. Estos relatos suelen ser ideológicos y pretenden ofrecer una explicación coherente y universal sobre el mundo. Refiriéndose a las dificultades de nuestra época, Lyotard (1979) expresó:
“Simplificando hasta el extremo, diré que el estado postmoderno es una incredulidad respecto de los metarrelatos. Es, efectivamente, una característica del saber moderno que su legitimación se realice con referencia a una gran narrativa, como la dialéctica del espíritu, la hermenéutica del sentido, la emancipación del sujeto racional o trabajador, o la creación de riqueza.”
A pesar de sus contradictores (el más importante, Jurgen Habermas, quien acusa a Lyotard de criticar la posmodernidad a partir de otra narrativa), lo cierto es que la crisis actual es una crisis de sentido, una crisis que necesita afrontarse a partir de un nuevo metarrelato. La fragmentación del conocimiento, cuyo resultado es la atomización política, económica, y ambiental, requiere que la sociedad de consumo se haga las preguntas fundamentales de la filosofía antigua. Es el momento propicio para crear una narrativa en el contexto planetario de crisis sistémica. Es quizás el estadio para regresar a lo esencial: la familia, la gestión del territorio, la austeridad, la adquisición de sabiduría, en resumidas cuentas: la felicidad.
La nueva dialéctica de la conservación: de la tragedia de los comunes a la evolución de las instituciones de acción colectiva
En publicaciones anteriores ya se ha mencionado el libro de Daniel Christian Wahl, «Diseñando Culturas Regenerativas«. El libro de Daniel es especial por diferentes razones, a saberse: una prosa de fácil lectura, una explicación intuitiva de los fenómenos que acontecen en la crisis ambiental actual, pero no menos importante, una recopilación bastante acuciosa sobre el pensamiento sistémico, el pensamiento de los sistemas vivos, la ecología profunda, entre otros temas que pueden resultar novedosos para los interesados en las ciencias ambientales. La regeneración tiene un especial afecto por el desarrollo de abajo hacia arriba. Dentro de este cúmulo de escritores destacados, esta editorial subraya la obra de Elinor Ostrom, quien en el año 2009 ha sido la primera mujer en obtener el Premio Nobel de Economía. Elinor fue, en vida, una gran escritora sobre el tópico de la gobernanza territorial. Las últimas líneas de este texto -aunque escuetas, por su obra prolífica- serán dedicadas a ella.
Ha sido Ostrom quien ha dicho en una de sus entrevistas a reporteros: «Los burócratas a veces no tienen la información correcta, mientras que los ciudadanos y los usuarios de los recursos sí». (como se cita en Forbes, 2009). Esta frase poderosa libera a las masas incautas del peso infringido por la bahorina política de la democracia representativa. En el pensamiento de Ostrom, es posible otra gestión territorial sin el filtro de los burócratas y los técnicos. En resumidas cuentas, aquellos que son beneficiarios de los recursos son los más interesados en su conservación, y son ellos los que deberían gestionarlos (a este punto, el lector habrá entendido las notables diferencias entre las democracias de antaño, específicamente, en la gestión territorial más pura). Cabe entonces preguntarse: ¿De dónde proviene la teoría de Ostrom? ¿Por qué se ha hecho merecedora del primer Premio Nobel otorgado a una mujer?
Lo que destaca a Ostrom en el ámbito de las ciencias ambientales, es su manera de finalizar un debate abierto por Garret Hardin en el siglo pasado. En su libro «La tragedia de los bienes comunes», Hardin (1968), argumenta que, cuando múltiples individuos actúan de forma independiente y racional, lo hacen según su propio interés; siendo los recursos de uso común limitados, éstos suelen ser sobreexplotados y degradados en el tiempo. Para hacer la comprobación científica de su hipótesis, Hardin ha creado «juegos mentales» para entender cómo la privatización de los recursos, la implementación de regulaciones y los controles gubernamentales, pueden asegurar la permanencia de los territorios. Pues bien, Ostrom (1990), en su libro, «El gobierno de los comunes: La evolución de las instituciones de acción colectiva», no solamente ha desmontado las ideas neomalthusianas de Hardin a través de sus propios juegos lógicos, también ha logrado demostrar empíricamente, a través de estudios de caso en diferentes partes del mundo, que el gobierno comunal es posible, y puede efectivamente coexistir con la propiedad privada (Ostrom ni siquiera atisbó que también estaba dando un golpe certero a las ideas marxistas de ultranza).
Uno de los ejemplos más interesantes citados por Ostrom es el de la transhumancia española. Una práctica centenaria que permite a los pastores transitar por cientos de kilómetros públicos y privados, para llevar las ovejas en la búsqueda de alimento. Para lograr este propósito, los trashumantes gestionan el agua de manera que evitan su desperdicio, asegurando que futuros campesinos nómadas puedan beneficiarse del preciado recurso. La transhumancia ha creado rutas patrimoniales, facilita la diversidad geográfica, tiene beneficios ecológicos sobre suelos para la agricultura (lo que se suele llamar en agricultura regenerativa: suelos vivos), y ha permitido generar una apropiación social que reconoce la labor rural. Desde 1994, la capital española se paraliza con la llamada «Fiesta de la tranhumancia de Madrid», celebración que sucede en otoño, y reconoce con justicia uno de los fenómenos culturales más singulares del continente europeo.
Así las cosas, construir una metanarrativa de la conservación requerirá que las organizaciones colectivas se piensen en función del desarrollo que desean lograr, administren sus propios recursos y se abran a nuevos espacios democráticos de gestión territorial. Nuestros ancestros así lo hacían; su éxito está demostrado. La labor del nuevo metarrelato es encumbrar los valores éticos que ennoblecen a nuestra especie. La labor dialéctica fundamental es “construir culturas de la regeneración”, como bien lo afirma Wahl en el libro mencionado anteriormente. En la medida en que la gobernanza, la cultura y la conservación formen parte de un todo sistémico, en esa coyuntura, la apuesta de la regeneración es posible. Es menester allanar el camino que proponía Ivan Illich, hay que construir «una historia poderosa».
Jhon Enrique Bermúdez Tobón
Phd(c) en Turismo (UAB)
Máster en Gestión del Turismo Sostenible (UCI)
Administrador del Turismo Sostenible (UTP)
Bibliografía
Choque, M. E., & Mamani, C. (2001). Reconstitución del ayllu y derechos de los pueblos indígenas: el movimiento indio en los Andes de Bolivia. Journal of Latin American Anthropology, 6(1), 202-224.
Estrada, A. M. (1983). El calpulli en la organización social de los tenochca (No. 15). Instituto Nacional Indigenista.
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